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Baja del
colectivo, justo cuando el sol comenzaba a bajar del horizonte del barrio
de congreso.
Camina unos pasos y se mete en el edificio de la
calle Azcuenaga al 400. La morocha Lavignia acomoda reiteradas veces la
mochila de cuero antes de abrir la puerta del edificio: La puerta se
desploma y se cierra, escuchándose un leve clic. El pasillo es largo y
esta recubierto por una alfombra azul. La tenue luz del techo crea una
penumbra que dibuja el flaco cuerpo de Lavignia que espera el ascensor que
la llevara al “9C” . En ese departamento esta su madre Ester, que la
espera como todos los martes.
Lavignia era rubia y había tirado las cartas sobre el tapiz verde,
no quería jugar más. Quería huir para Mataderos: Quería ir a su hogar,
llegar después de las nueves
y tomar algo para los mareos. Los mareos persistían en esa época de su
vida, tenia 21 años y el reloj biológico le hacia hacer boludes tras
boludes .
Había conocido “un chico” como ella lo llamaba, fue
hace 21 meses atrás, él era muy guapo como ella lo llamaba. El era el
catalán y estaba de paso por Buenos Aires. Se había conocido por unos días
y la calentura de ambos los acorralo una tarde de Febrero contra un colchón:
Se despacharon. A la mañana siguiente el estaba en Ezeiza tomándose un
avión para el Ecuador. Ella estaba creando un hijo . Los mareos eran
repetidos y el medico le repitió (en tono bajo) – Va a ser mamá,
Lavignia. Ella lo miró y salió tranquila por los pasillos del
Ramos Mejía. ¿Y el Catalán?. Estaba en algún lado del mundo y ella
estaba aislada del mundo. Si su madre se enterase la habría hecho abortar
a patadas. Su madre también hizo cagadas, y durante toda la adolescencia
de Lavignia, le había inculcado el no coger con cualquiera. Lavignia robo
un par de billeteras y se fue a abortar: A pleno cuchillo.
Tres días después cagaba lo que sería un hijo en
le inodoro de su casa. El feto estaba flotando ahí nomás, al alcance de
la mano, no quería abrazarlo, solo lo miró un instante y lo apreció
durante unos segundos y el botón hizo el resto; un remolino se tragó lo
que hubiese sido una vida. Lavignia ya no era la misma. Esa noche pensó
en matarse, se miraba una y otra vez al espejo. Abría las puertas del
botiquín buscando algo para tomar o buscando algo para cortarse: Lavignia
se quería lastimar.
La puerta del ascensor había sido cambiada. Ella no
iba desde hace dos semanas. Había estado internada y un poquito débil
como para llegar hasta el departamento de la calle Azcuenaga . Lavignia
toca el timbre y la recibe su madre, Ester, una mujer sexagenaria con cara
de siempre reírse; con unos anteojos de armazón marrón que se le
incrustan a Lavignia en el pómulo cuando su madre la besa sin miedo. El
veneno de ambas ya había quedado atrás y ahora, y desde hace tiempo, que
se resignaba a la resignación. El cuarto estaba teñido de una paz blanca
que invadía todo cuanto hubiese a su alrededor. Esa paz blanca era acompañada
con un mate, un habitual amigo para los martes a la tarde y junto a los
discursos de ambas se intercalaban las preguntas de siempre.
Los días pasaran y ella hizo la promesa de no volver
a acostarse con nadie mas, pero fue una promesa demasiado pagana y esta
herejía tenía una razón; nadie le puede pedir a una persona de dos décadas de vida tratar de no conocer a alguien y
nadie la puede reprimir; ni su propia madre. Todos aquello que le piden a
alguien algo de represión son aquellos mismos que se ocultan tras los
constantes miedos que lo apabullan. Lavignia siguió experimentando
relaciones comunes; algunas pasajeras y otras no tanto. Algunas que morían
fácilmente y otras que eran duraderas y complejas: Retorcida por
nacimiento.
Ester, le ceba él ultimo mate de la tarde y Lavignia
lo toma. Lavignia aprovecha que esta en un noveno piso y se acerca a la
venta. En ella observa una ciudad que es invadida por la noche y su
defensa, ante la oscuridad, eran pequeñas luces que tímidamente
iluminaban una esperanza ante esa pantagruélica sombra que se iba
abatiendo sobre las gentes, el hormigón, animales y vegetales: Toda forma
viva y estática es amenazada por las sombras.
Ester se acerca
junto a la ventana y contempla la expresión de Lavignia Rocío: Ve
en los ojos de su hija a una mujer de casi 30 años, con un mirar caído y
con un cuerpo que perdió diez kilos. Ve en Lavignia un jardín que comenzó
a perder cuanta flor naciera; que comenzó a morir. Mientras, Lavignia se
perdía en el pensamiento del mañana.
Con el tiempo y el razonable paso de la vida,
Lavignia , se dará cuenta que la misma no era como se la habían contado:
No existían príncipes en Floresta, solo la esquina y los chicos y las
chicas, no había champagne; solo birra y vino en cartón, no había
aristocracia de sangre azul, lo mas parecido a la aristocracia era el
polaco y que le decían el conde y se lo podía apreciar en las terrazas
hablando con los espíritus. No había caviar solo tucas de ayer. Ella ya
no veía telenovelas y al muchachito de la película lo dejó de florero
en la parte de atrás de un auto. Ella comenzaba a odiar a todos y a todo.
Una leve comida las envuelve y el reloj no paraba de
girar al compás de una noche que giraba en torno a él. Dos o tres veces
sonó el timbre. Era alguna que otra vecina que venia a saludar a Lavignia
y de paso cañazo a ver a esa persona que se pudría cada día, como algo
exótico, para que después sea conversación con otras vecinas diciendo:
-¿Sabes a quien vi?.
Una tarde de Octubre se le dio el amor, de golpe.
Lavignia había conocido a Mateo un ex hevi, un ex stone, un ex reggae, un
ex de los ex. Era un sujeto extraño y a la vez dinámico, no tenia un
pasar feliz pero tampoco vivía colgando los botines. Con Lavignia tenían
poco en común pero muchas ganas de compartir las cosas de la vida.
Todo comenzó a ir un poco mejor. Un trabajo los
estabilizaba económicamente y esto los elevó emocionalmente dejándolos
estables y graduales. Las penas empezaban a ser cosa del pasado y se
metamorfoseaban rápidamente en recuerdo para que después y con suerte
pasen a ser olvido. Pero podemos decir que esto era el ojo del huracán.
Una noche Lavignia se descompuso; comenzó a vomitar y una diarrea atroz
la dejó en cama durante dos días. El decaimiento era constante y una
fiebre comenzaba a emborracharla. Esperaron hasta ultimo momento en acudir
al medico. Lavignia había
sido internada en el hospital Pirovano . Y después a acostumbrarse a olor
a amoniaco del hospital Muñiz. Todos ya sabían que Lavignia tenía SIDA
y ahora, a vivir con el virus , a recibir cachetada tras cachetada , a
empastillarse y a tratar de vivir un poco mejor. A tapar el espejo y a
sacar la ropa que comienza a quedar grande en un cuerpo que se chupa cada
día y buscar un buen lugar en el cementerio. A olvidarse de ser
madre, a olvidarse de fabricar sueños, a resignarse a ver a los ojos por
ultima vez, a convencerse de saludar como si fuera la ultima vez, a hacer
el amor como si el mundo terminase hoy, a ver y sentir el organismo que se
hincha y la carne que forra un esquelético cuerpo de un color amarillo fúnebre:
A tratar de vivir hoy.
Manolo las pasaría a buscar a las 24:00, justo a la medianoche, y así
fue. A las veinticuatro horas estaba Manolo tocando el timbre. Madre e
hija bajaron a la puerta y reían de las formas deformadas de las nubes,
que no era mas que el mismo dios que en curda se le dio por pintar y
regalar una sonrisa a una moribunda, y así fue que madre e hija rieron;
todo sea por reír una vez más. Madre e hija se abrazaron y luego se
miraron como muy pocas veces lo habían hecho en sus vidas. Luego, Ester
sabría que sería la ultima mirada y él ultimo abrazo con su hija. El
Domingo a la madrugada, Lavignia, entraba con un cuadro grave de
complicación respiratoria y moría en el Hospital Fernández a las pocas
horas de su ingreso. Para cuando llegó Ester su hija ya había muerto.
Ella pasa a ser un poco de nuestro pasado, y ya queda
todo en las constantes vueltas de una vida que se fue por un pasado normal
y en busca de algunas emociones. La esquina sigue igual, algunas de sus
amigas se casaron y tienen hijos, algunos de sus amantes tiene hijos. El
reloj sigue corriendo igual que siempre, Ester esta un poco más sensible
y encorvada, ahora todos los martes la visita Mateo y juntos recuerdan..
De tanto en cuando alguien se acuerda de Lavignia y la visita en el
cementerio y le habla y ellas escucha: Ella ya es parte del tiempo.
Proyecto
Sandro 1997
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